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Acoples o colectoras: cuando el discurso choca con la conveniencia

Por Boby Alainz

La discusión sobre el sistema electoral volvió a instalarse en el centro de la política tucumana. Pero, más allá del debate técnico, dejó al descubierto una contradicción que interpela directamente a La Libertad Avanza y a uno de sus principales referentes en la provincia, Lisandro Catalán.

Durante meses, Catalán convirtió la eliminación de los acoples en una de sus principales banderas. Incluso desafió públicamente al gobernador Osvaldo Jaldo a firmar un compromiso para que en 2027 tanto el oficialismo como La Libertad Avanza compitan sin ese mecanismo, al que calificó como «obsoleto, tramposo y fraudulento».

Sin embargo, el escenario comenzó a modificarse cuando desde la Casa Rosada empezó a tomar fuerza la posibilidad de impulsar un sistema de colectoras como herramienta para la estrategia electoral de 2027.

Fue allí donde Jaldo encontró un punto de ataque político y lanzó una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿qué diferencia hay entre las colectoras y los acoples?

La pregunta no fue inocente. Buscó correr el eje del debate y poner bajo la lupa la coherencia de quienes construyeron gran parte de su identidad política denunciando las prácticas de la «vieja política», pero hoy analizan utilizar un mecanismo que persigue un objetivo electoral muy similar.

Es cierto que, desde el punto de vista jurídico, acoples y colectoras no son exactamente lo mismo. Existen diferencias legales y de funcionamiento. Pero también resulta innegable que ambos sistemas buscan ampliar la oferta electoral alrededor de una candidatura principal para maximizar la captación de votos. Cambia la ingeniería normativa; la lógica política conserva muchas similitudes.

Y ahí aparece el verdadero debate.

Si durante años los acoples fueron presentados como una estafa a la voluntad popular cuando beneficiaban al peronismo tucumano, resulta difícil explicar por qué las colectoras dejarían de ser cuestionables si ahora pueden favorecer a La Libertad Avanza.

La coherencia suele ser el principal capital de cualquier fuerza política que se presenta como alternativa. Los ciudadanos pueden comprender una negociación, una derrota o incluso un cambio de estrategia. Lo que suele generar mayor desconfianza es cuando los principios parecen modificarse al ritmo de las necesidades electorales.

Paradójicamente, quien hoy quedó en condiciones de exigir explicaciones es el propio Jaldo. No porque haya abandonado la defensa de un sistema que también prometió reformar, sino porque logró instalar una contradicción en el discurso libertario y obligarlo a justificar una herramienta que, para buena parte de la opinión pública, se parece demasiado a la que durante meses criticó.

La política argentina tiene una vieja costumbre: condenar los mecanismos electorales mientras benefician al adversario y descubrir sus virtudes cuando comienzan a resultar útiles para uno mismo.

Tal vez la discusión ya no pase por decidir si los acoples son mejores o peores que las colectoras. La verdadera pregunta es mucho más profunda: ¿el problema siempre fue el sistema… o simplemente quién lo utilizaba?

Porque cuando las convicciones empiezan a parecerse demasiado a las conveniencias, el cambio deja de ser una promesa para convertirse, una vez más, en una adaptación de la política de siempre.

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