Hay frases que, en política, no necesitan demasiadas explicaciones. Y la de Germán Alfaro esta semana fue una de esas.
El exintendente de San Miguel de Tucumán dijo que si Rossana Chahla vuelve a ser candidata en la Capital, el oficialismo pierde. Punto. Pero detrás de esa frase hay mucho más que una crítica a una gestión municipal.
Alfaro está hablando. Y, sobre todo, está marcando territorio.
Porque una cosa es acompañar a Osvaldo Jaldo y otra muy distinta es convertirse en un soldado que solamente levanta la mano cuando se lo ordenan.
Alfaro ratifica que está dentro del proyecto provincial. Su esposa, Beatriz Ávila, también acompaña la fórmula de Jaldo y Miguel Acevedo. Pero Alfaro parece querer dejar algo muy claro: acompañar no significa obedecer en silencio.
Y ahí aparece el famoso “caniche”.
Jaldo habló alguna vez de aquellos que “larga a ladrar” Juan Manzur. Bueno, Alfaro parece haber tomado nota. Y ahora responde, a su manera: él no quiere ser el caniche de nadie.
Quiere sentarse en la mesa.
Quiere discutir.
Quiere que lo escuchen.
Y, fundamentalmente, quiere que se reconozca que todavía tiene estructura, dirigentes y conocimiento de la Capital.
Porque no estamos hablando de cualquier dirigente. Alfaro gobernó San Miguel de Tucumán durante ocho años. Conoce los barrios, conoce los dirigentes, conoce cómo se mueve electoralmente la Capital y sabe perfectamente que en 2023 perdió ese territorio frente a Chahla.
Por eso, cuando dice que con Chahla se pierde, no solamente está mirando una encuesta imaginaria. También está haciendo política.
Está diciendo: “Si quieren ganar la Capital, no pueden ignorarme”.
Y acá está el verdadero negocio político.
Alfaro no rompe con Jaldo. Sería absurdo hacerlo ahora. Pero tampoco quiere regalarle un cheque en blanco.
Entonces juega desde adentro.
Dice que acompaña al gobernador, pero cuestiona una candidatura.
Dice que integra el proyecto, pero reclama un cambio de rumbo.
Dice que hay unidad, pero deja claro que la unidad tendrá que discutirse.
Y eso, en política, se llama negociación.
Ahora viene la parte más interesante: el encuentro que próximamente mantendrán Alfaro y Jaldo.
Ahí se va a saber cuánto hay de discurso y cuánto hay de poder real.
Porque Jaldo tiene a Chahla. Pero Alfaro tiene su estructura. Y el gobernador necesita construir una estrategia electoral que le permita retener la Capital sin romper el equilibrio interno.
¿Quién será el candidato?
¿Chahla?
¿Alguien del espacio de Alfaro?
¿Habrá una tercera alternativa?
¿O terminarán todos juntos detrás de una candidatura que todavía nadie quiere confirmar?
Lo que está claro es que Alfaro decidió poner sus cartas sobre la mesa antes de sentarse con Jaldo.
Y hay algo más.
Alfaro no está reclamando solamente un nombre. Está reclamando reconocimiento político.
Quiere que su espacio tenga lugar en la construcción de 2027. Quiere que Beatriz Ávila tenga protagonismo. Quiere que el Partido por la Justicia Social tenga una silla en la mesa.
Y, sobre todo, quiere demostrar que acompañar al oficialismo no significa desaparecer dentro del oficialismo.
Por eso esta historia recién empieza.
Porque si Jaldo pensaba que tenía a Alfaro simplemente alineado, esta semana recibió una señal.
Alfaro acompaña, pero no se entrega.
Está dentro del proyecto, pero conserva su voz.
Y si alguien todavía tenía dudas sobre cuál es su posición, el mensaje fue bastante sencillo:
Germán Alfaro no es un caniche.
Y ahora habrá que ver si, cuando se cierre la puerta del despacho del gobernador, Jaldo lo recibe como un socio… o como un problema.
LA LICENCIADA










