Durante mucho tiempo, en la política tucumana, hablar con todos fue motivo de sospecha. Al dirigente que cruzaba de una mesa a otra se lo miraba como alguien incapaz de tomar partido, o demasiado dispuesto a acomodarse. Pero el camino hacia 2027 empieza a cambiar esa lectura. Frente a espacios que necesitan marcar diferencias cada vez más fuertes, quienes conservan vínculos a ambos lados de la disputa adquieren un valor que antes se subestimaba. Los dialoguistas empiezan a ocupar el lugar de una posible tercera vía.
Esa tercera vía todavía no tiene una boleta, un conductor ni un programa común. Existe, por ahora, como una forma de hacer política y como una posición desde la cual negociar. Sus protagonistas pueden hablar con Jaldo sin perder necesariamente toda su identidad; pueden reconocer puntos de acuerdo sin entregar de antemano sus candidaturas; y pueden discutir con sus aliados sin romper de inmediato. En una provincia donde las elecciones suelen ordenar rápidamente a todos detrás de dos grandes polos, esa libertad de movimiento empieza a pesar.
Sebastián Salazar es hoy uno de los ejemplos más visibles. En Bella Vista, él y la intendenta Paula Quiles construyeron un espacio propio, Hacer. Recibieron a Osvaldo Jaldo para recorrer obras y Salazar no descartó acompañar electoralmente al gobernador en 2027. Su acercamiento tiene consecuencias concretas: para Jaldo sería la posibilidad de sumar un municipio opositor; para Salazar y Quiles, la oportunidad de fortalecer su proyecto local sin depender por completo de una estructura ajena. También tiene costos. Una eventual alianza ya despierta resistencia en sectores del peronismo de Bella Vista.
Salazar no necesita anunciar hoy una decisión definitiva para convertirse en protagonista. Justamente, su peso está en que tiene una decisión por tomar. Puede negociar porque Quiles gobierna y porque Hacer tiene territorio. El diálogo, en su caso, dejó de ser una declaración de buenas intenciones: es una herramienta para discutir cómo se organizará el poder en Bella Vista después de 2027.
Germán Alfaro plantea una situación distinta y quizá más difícil de resolver. El exintendente ya anunció que su espacio trabajará por la reelección de Jaldo. Al mismo tiempo, cuestionó abiertamente que Rossana Chahla sea la candidata oficialista en San Miguel de Tucumán. Jaldo respondió que la intendenta es su elegida y que quienes integren su proyecto deberán acompañarla. La tensión revela una pregunta central para cualquier frente amplio: ¿hasta dónde puede disentir un aliado sin quedar afuera?
Alfaro no está en una posición cómoda. Apoya al gobernador, pero mantiene una disputa política con quien lo sucedió en la Municipalidad. Si acepta sin más la candidatura de Chahla, resigna una bandera frente a su propia gente. Si la enfrenta, pone a prueba su lugar en el armado provincial. Su próximo movimiento dirá mucho sobre la capacidad del jaldismo para convivir con aliados que tienen ambiciones e intereses propios.
En esa misma zona se mueve Beatriz Ávila. La senadora pertenece al espacio político de Alfaro, pero tiene trayectoria, representación y agenda propias. Su presencia junto a Jaldo, Salazar y Quiles durante la visita a Bella Vista mostró que los canales de diálogo siguen abiertos. Será importante observar qué papel juega si la discusión por la Capital se traslada de las declaraciones a la definición de listas.
También hay diálogo entre quienes quieren disputar el poder a Jaldo. Pablo Macchiarola propuso una mesa amplia para construir una alternativa opositora junto a Mariano Campero, pero advirtió que ninguna alianza funcionará si un sector pretende decidirlo todo. Esa frase describe un problema que atraviesa a toda la política tucumana: muchos están dispuestos a conversar; menos están dispuestos a ceder cuando llega el momento de elegir candidatos.
Por eso sería apresurado anunciar el nacimiento de un nuevo espacio integrado por todos los dialoguistas. Salazar, Alfaro, Ávila, Macchiarola y Campero no buscan lo mismo ni están recorriendo el mismo camino. Lo que los vuelve relevantes es que el escenario no termina de cerrarse sin sus decisiones. Unos pueden ampliar el frente de Jaldo; otros intentan reunir a la oposición; algunos todavía están midiendo cuánto margen tienen para sostener una voz propia.
Ahí reside la novedad política. Mientras los sectores más confrontativos buscan que cada dirigente elija rápidamente de qué lado está, los dialoguistas obligan a discutir otra cosa: qué acuerdos son posibles, bajo qué condiciones y con cuánto espacio para las diferencias. Hoy algunos siguen siendo mirados con desconfianza. Sin embargo, las conversaciones que mantienen ya influyen en el armado de municipios, frentes y candidaturas.
La tercera vía tucumana aún es una posibilidad, no una fuerza constituida. Para dejar de ser solamente una posición conveniente entre dos polos tendrá que ofrecerles a los votantes algo más que acuerdos entre dirigentes. Pero sería un error ignorarla: en la carrera hacia 2027, quienes todavía pueden hablar con varios sectores empiezan a tener cada vez más capacidad para decidir qué camino toma cada uno.
La Licenciada











